
Tren de las Nubes, en Argentina.
Lo largas que se hacen las noches veraniegas… y lo mucho que aprende uno en ellas. Es de agradecer encontrar puntos de vista comunes, sin duda. Resumo.
He tenido un viaje horrible en el día de hoy. Las condiciones no eran idóneas: cargado de maletas y bolsas del Ikea -para redecorar mi vida-, he emprendido la marcha en Chamartín hasta la alamedillense estación de Salamanca, en el “nuevo” tren. Muy a mi pesar, he comprobado que las críticas son ciertas, es decir: sigo tardando tres horas en llegar a mi ciudad (200 km de trayecto), en un vagón incómodo, cuya única mejora consiste en -todo hay que decirlo- la inclusión de un enchufe por asiento.
Una vez asumido el primer punto, me he dedicado a escuchar una interesantísima conversación entre varias de mis compañeras de travesía.
-De verdad, no entiendo como funciona esto…es que…este libro lo podría haber escrito yo!! Es una farsa, un engañabobos. Desde luego (aquí viene la frase del verano), ahora hay dos epidemias: La gripe A y la mierda de Millennium.
Atemorizado por lo que acababa de escuchar, volví a mirar el libro que sostenía entre mis manos. Sí, amigos, estoy enganchado a las aventuras de Lisbeth Salander. Por hiriente e irrespetuoso, no valoré el comentario que había escuchado. Confié en que el viento se encargara de la mala educación reinante en el ambiente.
-De verdad, que me voy a dedicar a escribir mierdas de estas, que se las lee todo el mundo. Es que vaya capullada de libros… ¿por qué la gente no leerá a García Márquez o a… a… otros? Libros que hablen de filosofía, de existencialismo, o como ese de… ehh, si, ese que iba sobre…
Miré hacia atrás. La osada muchacha no pasaría de los 30, pero sentaba cátedra como si doblara la edad. El resto del viaje fue similar: grandilocuencias a un tono suficientemente elevado como para que el vagón supiera que Sócrates ocupaba una plaza en el viaje. Llegué a casa destrozado, anímica y espiritualmente. Me debatía entre si soy un necio por leer “best-sellers”, o por si no entiendo a mis compañeros de generación.
Poco -o mucho- después, he conseguido tranquilizarme. Y volver a creer en que, por mucho que el tren no me lo hubiera demostrado, el hecho de viajar elimina conductas como la que había vivido. Abre la cabeza (la mente no, suena cursi, dicen), y uno aprende a vivir y a beber de otras cultuas. A tolerar, incluso, esa manía que tiene uno de no leer demasiado y, cuando lo hace, dedicarse a la lectura “fácil”. Hace poco tiempo he cruzado el charco, y yo mismo descubrí lo intolerante que he sido y los prejuicios que he tenido antes de visitar el continente americano. Entiendo pues (aunque no comparta) a la “amiga” del tren.
Me ha bastado un tulipán vasco en una noche de verano. Curiosa mezcla. Gran resultado.