
Entrada a la Cava Baja, en la madrileña plaza de Puerta Cerrada.
Hace una decena de días fui a cenar con unos compañeros y amigos a la luz de los mosquitos. Son, todo hay que decirlo, unos sinvergüenzas a los que, por otro lado, casi nunca les esquiva la razón. Tras recibir unas duras -y no menos merecidas- críticas por este espacio web, uno de ellos me advirtió del peligro de caer en el “síndrome del bloguero novato”, a saber, postear como un loco durante los primeros días, para que después el afán de escribir se diluya cual político en verano. Llevo todos esos días sin sentarme delante del ordenador. Para compartir chorradas, mejor que sean en pequeñas dosis.
A mi, particularmente, me hacen más gracias otros síndromes comunes de los “posteadores” de la Red. Entrar en blogs modestos y leer su carta de intenciones es hilarante:
“Este blog servirá para que la igualdad entre…bla bla bla…y bla bla bla…”, “mi objetivo no es otro que el de conseguir alcanzar… bla bla bla…”; me he cansado ya de mancharme los ojos con gente pretenciosa y sus absurdos e inalcanzables objetivos. Ahm, y acabo de perder unas cuantas visitas, pero es lo de menos. Esto es un pasatiempo y un excelente ejercicio de relajación que recomiendo a todos los visitantes. Escriban, desengrasense.
Pero volvamos a la frecuencia de la escritura. Dicen las buenas lenguas que en la madrileña zona de la “Cava Baja”, por donde ahora se encuentra la vanguardista Latina, habitaba un arqueólogo que, para pagarse sus expediciones, decidió montar un bar. La idea no tuvo que ser muy mala: al poco tiempo, dejó de abrir a diario para despachar tan sólo los fines de semana. Otro buen día, paseaba sus vinos y sus pinchos por la tasca en la jornada dominical, ninguna otra. Así hasta que alguién pensó que el arqueólogo había desaparecido. El local era minúsculo y apenas se divisaba, o no destacaba entre la ingente cantidad de negocios que se encontraban en su proximidad. Los vecinos lloraban ya la pérdida de un nuevo y acogedor garito cuando, sin comerlo ni beberlo, abrió sus puertas dos meses después de la última fiesta. La voz se corrió y los clientes devoraron los manjares y se emborracharon con sus caldos. Las caras eran de satisfacción al ver que nada había cambiado. Eso sí, el explorador no volvió a aparecer por Madrid hasta dos meses después. Cuando le hizo falta. Huelga decir que nunca existió un cartel que explicara el futuro próximo del despachavinos ni de su, cada vez más, afición.
Por extraña que parezca, la historia es verdadera. Lo se porque en la misma zona abrió otra tasca, llamada “La Escondida”, una de las dos personas que me lo dieron todo en esta vida. Haciéndole un pequeño homenaje a tan valientes emprendedores, declaro el blog abierto por vacaciones.