Ahora sí, 80 minutos más tarde, el riesgo de meter la pata hasta el fondo debe haber disminuido cual vago recuerdo. Un piloto y un segundo episodio después, Flash Forward se merece toda mi atención y consideración. Lo ha conseguido, y en materia de series recientes made in USA, no es la primera ni será la última vez. Considerando que la pasada semana tocó sobredosis de locura Tarantiniana, el partido entre el cine y las series va ahora empatado a un gol en el recién estrenado octubre. Leer el resto de esta entrada »
Para los más freaks ya sabréis de que va la entrada de hoy. Para la selección “Resto del Mundo”, primera recomendación: una dosis de “True Blood” por la mañana, otra por la tarde y otra después de cenar. Leer el resto de esta entrada »
Leyes al margen, estamos haciendo poco para que el 016, el teléfono que tanto miedo y esperanza reparte, se extinga de forma definitiva.
Si no sabe a qué corresponde, tiene un grave problema: o bien ha estado fuera del planeta durante los últimos años, o bien no ha visto un sólo telediario -lo cual me parece aún peor- y tiene más riesgos de ver otros programas como el recién estrenado Big Brother Eleven, o lo que es lo mismo GH11, o lo que es lo mismo, la undécima basura de la Milá.
Y es que, unos cuantos años después, el ojo que todo lo ve (por cierto, que vuelve “El día después”, a ver qué tal se le da a Juanma Castaño), reincide en uno de sus peores defectos: dar voz e imagen al prototipo de macho maltratador. Ya nos “hicieron gracia” el Yoyas y sus salidas de tono con una rubia que todo aguantaba, para que ahora veamos una jugada similar. Esta vez tenemos en un lado del ring a un chulo argentino, y en el otro a una madre gallega. Entre las expresiones de él, joyas como: “le arranco la cabeza”… el “tipo” en cuestión sigue en juego.
Nos siguen extrañando las noticias de violencia de género (menos mal, aún somos humanos), pero día tras día encontramos ejemplos en nuestra vida, en nuestra rutina, en nuestras televisiones y en nuestra sociedad en general, que no ayudan nada a que dejemos de marcar el 016.
Aún a riesgo de parecer repetitivo, de insistir en la caja boba, de intentar digerir las heces que cada día acuden al rescate del mayor porcentaje de share posible… lo he vuelto a hacer. Lo siento, debo ser un enfermo.
Comentaba el otro día la triste comparación entre dos muertes de deportistas, distantes en el tiempo. El tratamiento -nulo- que se dio a una y las horas de pantalla -y no pantalla- que ha llenado la otra. Con ganas de remover el cajón de sastre, no me di cuenta de una mucho más reciente que pasará más desapercibida.
Dios, o quién esté ahí arriba -si es que hay alguien- no lo quisiera, pero así va a ser. Óscar Pérez, alpinista oscense, se fundirá en el abismo del Latok II, imposible cumbre pakistaní. La montaña no ha querido que baje, dice el tópico. Su nombre y apellido era para mi tan poco familiar como el de Dani Jarque. Del último, la desgracia propia, morbosa y televisiva nos dejará -al menos- el recuerdo para nuestra corta eternidad. Del DNI del montañista, digamos lo que digamos, nos iremos poco a poco olvidando. No será sólo su cuerpo el que quede sepultado. Nuestra propia agenda -ayudada por la de la “tele”- no nos lo permitirá. Selección de tragedias en orden al deporte practicado, sin ir más lejos.
Una vez sumergido el recuerdo, cometo el enorme error de coger el mando a distancia en la sobremesa. No creo que haga falta comentar mucho lo vivido, a saber, el clan de la malvada “Ñ” (Mariñas/Patiño) mintiendo descaradamente sobre chorradas que, en teoría, no importan a nadie. El debate parece eterno, y la bandera antihipócrita a la que me gusta adscribirme tiene ya sus colores muy definidos. ¿Nos tragamos la basura porque es “lo que hay”, o la programan porque nos gusta? En la era de la TDT, de la televisión especializada, de la diversidad en la oferta, un bando ha perdido toda su razón de ser.
Intento esquivar -o reirme de- dichos contenidos, pero el fango protagoniza el único espacio de humor de la sobremesa. Los/as animados/as presentadores y colaboradores del “Sé lo que hicísteis” del tío Roures se repiten más que el ajo. Es inevitable, la base sobre la que trabajan es limitada; enorme e increíblemente ridícula, sí, pero limitada. Además, nunca me gustó mucho el abuso del guión. No que no se utilice, que me parece genial e indispensable, pero el corsé en el que se mueven muchos de los programas de humor de las “nuevas” privadas -Cuatro, La Sexta- es apretado y, a veces, patético. Ya “Noche Hache” hacía ver la fórmula que más tarde repitieron el estandarte actual salmantino de la risa -Quequé-, o “El Intermedio”, algo que todavía entristece más al saber que su presentador, El Gran Wyoming, estaba muy suelto improvisando en miles de otros programas que anteriormente ha protagonizado.
No puedo acabar esta desviación del tema sin reconocer que todavía quedan genuinos. No son todavía “Tip y Coll”, ni “Faemino y Cansado”, ni, por mucho que le imiten, cercanos aún al gran Eu-Genio. Pero van por el camino. Andreu Buenafuente y Berto Romero son ahora los Kaká y Messi del carcajadeo patrio, pese a quien pese. El guión está, y vaya que si está, pero bien cosido, trenzado de tal manera que no se hace ver. Los textos tienen que ser como los árbitros, como los jueces. Ingrata misión, tienen que pasar desapercibidos.
Para despedir tan pobre y agostero artículo de opinión, que lo salven ellos, que para eso están. Clásico youtubero, con el tiempo será recordado.
Vladimir Rivero, portero del Portland San Antonio fallecido por un aneurisma
No pueden ser buenos tiempos para ciertos medios de comunicación -lease la televisión- cuando muere Valerio Lazarov eclipsado por el igual de triste fallecimiento de Daniel Jarque, un futbolista que, dicho sea de paso, no conformaba la primera línea mediática. Vanguardista e imprescindible para entender la comunicación en España, Lazarov nos ha dejado por culpa de un cáncer. Por edad, podría haber sido incluso el abuelo del futbolista. De todas formas, ha vuelto a quedar claro el tratamiento olímpico -por deidades, claro- que reciben y recibirán los deportistas en nuestro país. Bueno, ejem, según que deportes, si no que se lo pregunten a los amigos y familiares de Vladimir Rivero. Para no echar gota lo de las categorías a la hora de irse al otro barrio.
No son estos sucesos los únicos síntomas de que a la “tele” española no hay quien la entienda: ponga uno Telecinco a la hora que la ponga, podremos conocer las últimas mentiras y detalles del enfrentamiento físico entre dos colaboradores de programas basura, a saber, Pipi Estrada y Jimmy Jiménez Arnau, dos magnates del corazoneo, pesos pesados sobre el ring fuencarralino. Esto, por supuesto, una vez rentabilizado el polemista Risto Mejide -expulsión incluída- hasta la médula. Una relación de mutuo beneficio, que el publicista a este paso escribe más libros que Aznar…
En Antena 3 no están tampoco para tirar cohetes; una vez finalizados los hombres del señor Paco, ¿qué otra propuesta tan solida -de cara a la audiencia- van a encontrar? Y digo yo, ya que tienen los pies metidos bien en el fango del cotilleo, al menos que lo hagan ya deplorablemente asqueroso, al estilo de la Cinco. Puestos a emitir defeque, ¿no?
De Cuatro me gusta su nuevo programa de cocina. Puedo ver uno de las fórmulas que más está dando que hablar a la hora de sentarse a la mesa: “El último superviviente” descubre nuevas recetas, sobre todo para estudiantes. El producto va acompañado de inmejorable manera a la emisión de “Perdidos”; el problema de la serie es que todos los seguidores somos unos auténticos “freaks” -me incluyo, por supuesto- y ya la hemos visto en Fox o Internet. Tarde, Prisa.
Por su parte, TVE y La Sexta siguen a lo suyo, que no es otra historia que la de poner billetes morados encima de la mesa para que los aficionados al deporte no puedan estar ni un sólo segundo viendo algo diferente. En defensa de los de Pozuelo hay que reseñar sus frescos espacios tipo “Buenafuente” o “Salvados”. Acabo de ver una entrevista de este último espacio, emitida a mediados de junio, que me ha dejado de piedra y con los pelos de punta:
Triste, rabiosa y vengativa sensación le entra a uno contemplando las sonrisas de Otegi. El señor follonero le deja en ridículo una y otra vez. De donde no hay, no se puede sacar.